Asintió.
Después preguntó:
—Disculpe, ¿usted trabaja aquí?
Me quedé inmóvil.
Había llegado.
—No exactamente.
—¿Nos conocemos?
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
Pero recordé la promesa.
“Si llega el día en que no sepa quién eres, no pienses que dejé de quererte.”
Sonreí.
—Sí. Nos conocemos desde hace mucho.
—¿Eres amiga de mi esposa?
No pude evitar llorar.
—Sí.
—Se llama Isabel.
—Lo sé.
—Es muy bonita.
Me reí entre lágrimas.
—Eso dice ella.
Antonio se quedó pensando.
—¿Sabes cuándo viene?
—Seguro pronto.
Me senté junto a él.
Después de unos minutos tomó mi mano.
No sabía quién era.
Pero no la soltó.
Aquella tarde Clara llegó.
Le conté.
Mi hija comenzó a llorar.
—Mamá, ¿cómo puedes soportarlo?
Miré a Antonio dormido.
—No tengo que conseguir que me recuerde para recordar yo quiénes fuimos.
Esa frase terminó convirtiéndose en mi forma de vivir los últimos años.
Había días en que regresaba.
Momentos de lucidez.
Una tarde me miró fijamente.
—Isabel.
Sentí el corazón detenerse.
—Sí.
—¿Dónde has estado?
Me acerqué.
—Aquí.
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