—Pensé que te habías ido.
—Nunca.
Sonrió.
—Bien.
Cinco minutos después volvió a confundirse.
Pero esos minutos eran regalos.
Nuestro aniversario número cincuenta y nueve ocurrió en una residencia especializada donde Antonio pasó sus últimos meses.
No había otra opción segura.
Decoramos una pequeña sala.
Nuestros hijos llevaron fotografías.
Había una imagen de nuestra boda.
Antonio la miró.
—Esa mujer es bonita.
—Soy yo.
Me observó.
Después miró la fotografía.
—¿Tú?
—Sí.
—Entonces yo era un hombre con suerte.
Todos rieron.
Yo lloré.
Marcos preguntó:
—Papá, ¿sabes quién es ella?
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