Volví 1 día antes a la finca y encontré a la hija de mi empleada descalza, esperando a una madre que llevaba 3 noches sin regresar, mientras dentro todos preparaban mi boda. Entonces oí a mi hombre de confianza decirle: «Tu madre se ha ido y más te vale dejar de hacer preguntas». No discutí: llamé a la Guardia Civil y abrí la vieja bodega. Dentro había algo peor que una desaparición.

Volví 1 día antes a la finca y encontré a la hija de mi empleada descalza, esperando a una madre que llevaba 3 noches sin regresar, mientras dentro todos preparaban mi boda. Entonces oí a mi hombre de confianza decirle: «Tu madre se ha ido y más te vale dejar de hacer preguntas». No discutí: llamé a la Guardia Civil y abrí la vieja bodega. Dentro había algo peor que una desaparición.

Álvaro anunció delante de Martín que el consejo se reuniría el viernes para aprobar la ruptura definitiva con Clara y revisar todos los poderes internos del grupo.

Martín pareció satisfecho.

Aquella noche realizó 3 llamadas desde un móvil que nunca utilizaba dentro de la finca.

Los agentes ya estaban vigilando el vehículo que conducía.

2 días después apareció la primera pieza sólida.

Las cámaras de la ferretería mostraban a uno de los hombres contratados por Martín comprando el candado.

Después llegó una prueba peor.

El número al que Martín había llamado pertenecía a una sociedad vinculada a Eduardo Barrera, un empresario que llevaba años intentando quedarse con varios hoteles del Grupo Serrano.

Barrera no necesitaba destruir físicamente a Álvaro.

Solo necesitaba provocar una guerra dentro de su propia familia.

El Grupo Serrano atravesaba un momento delicado.

Tras la muerte del padre de Álvaro, 37% de las acciones habían quedado repartidas entre 4 familiares que desconfiaban unos de otros.

Si Clara era presentada como una infiltrada y Álvaro aparecía emocionalmente desbordado por el escándalo, Martín podía convencer al consejo de nombrar temporalmente un comité ejecutivo.

Él sería el responsable de seguridad y operaciones.

Barrera entraría después ofreciendo financiación para «salvar» la compañía.

Era una toma de control disfrazada de ayuda.

Pero aún faltaba saber por qué Martín había aceptado.

La respuesta llegó de una forma mucho menos sofisticada.

Deudas.

Durante 5 años había perdido más de 600.000 euros entre apuestas, préstamos privados y operaciones especulativas que había ocultado a su mujer.

Barrera había comprado varias de esas deudas a través de sociedades interpuestas.

Martín estaba atrapado.

Y había decidido vender a quienes consideraba su familia antes que reconocer lo que había hecho.

El viernes llegó.

El consejo se reunió en el salón de la biblioteca.

Martín entró con una carpeta bajo el brazo.

Clara no estaba presente.

Al menos eso creía él.

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