No llamó inmediatamente a nadie.
No hizo preguntas.
Sacó una fotografía de la nota, la guardó y volvió a coser la muñeca con un pequeño costurero que había pertenecido a su madre.
A las 7:00 estaba en el invernadero.
Marina le contó todo.
Álvaro escuchó sin interrumpir.
Cuando terminó, apoyó las manos sobre una mesa de hierro oxidado.
—Yo presenté a Martín ante el consejo cuando mi padre murió. Le di acceso a cuentas, propiedades, calendarios y a mi propia casa.
—Precisamente por eso podía hacerlo —respondió Marina.
Aquella frase le dolió más que cualquier acusación.
Álvaro recordó los últimos meses.
Martín había presentado a Clara en una cena benéfica en Madrid 11 meses antes.
Martín había insistido en encargarse personalmente de la seguridad de la boda.
Martín había recomendado a 2 nuevas empleadas.
Martín había encontrado las pruebas contra Clara en menos de 12 horas.
Y Martín había sido quien más presionaba para expulsarla.
Álvaro pensó entonces en algo aparentemente insignificante.
El candado de la bodega había sido comprado en una ferretería pequeña de Bargas.
La Guardia Civil ya había solicitado las grabaciones.
Pero Martín todavía no lo sabía.
—No podemos acusarle aún —dijo Álvaro.
—No —respondió Marina—. Tenemos que dejar que crea que le seguimos creyendo.
Por primera vez desde que regresó de Bruselas, Álvaro sonrió.
Aquel mismo día pidió disculpas a Clara, pero no le explicó todavía toda la sospecha.
Ella seguía herida.
—¿Ahora sí quieres escucharme?
—Quiero que me ayudes a demostrarlo.
Clara guardó silencio.
Luego aceptó.
La investigación cambió de dirección.
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