PARTE 2
El médico confirmó que Marina necesitaba hospitalización, pero no corría peligro. Nerea se negó a separarse de ella y Álvaro prometió que permanecerían juntas.
Clara llegó al hospital pálida.
—Yo bajé con Marina, sí. Pero subí antes que ella. Martín me llamó porque faltaban documentos de la boda.
Álvaro enseñó la carpeta encontrada en la bodega.
Dentro había copias de contratos confidenciales del Grupo Serrano y una tarjeta de acceso registrada a nombre de Clara.
Martín llegó poco después con otro hallazgo: en el vestidor de Clara habían aparecido una llave del candado y fotografías de reuniones privadas del consejo.
—No puede ser casualidad —dijo.
Todo apuntaba a ella.
Clara negó cada acusación.
—Martín entra en mi habitación constantemente por la seguridad de la boda. Él eligió a la mujer que limpia allí.
Álvaro quiso creerla, pero llevaba 15 años confiando en Martín.
Suspendió la boda.
Clara se quitó el anillo antes de que él pudiera pedírselo.
—Lo que más duele no es que dudes. Es que ni siquiera hayas intentado averiguar quién necesitaba que dudaras.
Aquella noche, Martín exigió convocar al consejo y apartar definitivamente a Clara de cualquier vínculo con la empresa.
—Hay que hacerlo mañana —insistió—. Si esperamos, pareceremos débiles.
Álvaro lo observó en silencio.
Por primera vez algo no encajó.
Martín no buscaba la verdad.
Buscaba prisa.
Y mientras todos discutían sobre Clara, Marina recordó quién había cerrado realmente la puerta de la bodega.
PARTE 3
Marina no contó lo que recordaba en el hospital.
No todavía.
Había aprendido durante años trabajando para familias adineradas que una verdad dicha a la persona equivocada podía resultar menos útil que un silencio bien administrado.
Esperó hasta volver a la finca 2 días después.
Álvaro había insistido en que ella y Nerea permanecieran en la casa principal mientras la Guardia Civil investigaba lo ocurrido. Martín, sin embargo, seguía moviéndose por la propiedad con aparente normalidad.
Aquello inquietaba a Marina.
La tarde en que había desaparecido, Clara la había acompañado a la bodega para elegir 3 botellas de un reserva de Ribera del Duero que Álvaro apreciaba especialmente.
Clara recibió una llamada cuando ya estaban abajo.
—Es Martín —había dicho enseñándole la pantalla—. Dice que necesita que revise ahora mismo el listado de invitados.
Había subido.
Marina continuó buscando.
5 minutos después escuchó pasos.
No eran los tacones de Clara.
Eran zapatos de hombre.
Martín apareció en el pasillo.
No parecía sorprendido al verla.
—Necesito que me ayudes con una cosa.
Le enseñó una carpeta azul y le preguntó si conocía una pequeña cámara frigorífica en desuso situada detrás de la bodega.
Marina respondió que sí.
Entonces vio el logotipo de la empresa en los documentos y el nombre de Clara escrito en varias hojas.
—Eso no debería estar aquí —dijo.
Martín cambió de expresión.
Marina comprendió demasiado tarde que él no había bajado buscando ayuda.
Había bajado porque ella estaba allí.
Después, sus recuerdos eran confusos: una discusión, la puerta cerrándose y Martín diciéndole desde el otro lado que en pocas horas todo habría terminado.
Sin embargo, algo había salido mal.
Nadie bajó a buscarla.
Martín tuvo que improvisar la historia del viaje a Talavera mientras mantenía a Marina aislada, esperando probablemente el momento adecuado para «descubrir» pruebas que señalaran a Clara.
Álvaro había regresado 1 día antes y Nerea había desbaratado el calendario.
Marina necesitaba hablar con él sin que Martín pudiera anticiparse.
La oportunidad apareció gracias a una muñeca de trapo.
Nerea llevaba años durmiendo con una muñeca que Marina había cosido cuando la niña tenía 2 años. Aquella tarde, abrió una costura de la falda, introdujo dentro una nota y volvió a cerrarla.
—Llévasela a Álvaro y dile que se le ha roto —le pidió.
Nerea entró en el despacho sin despertar sospechas.
Álvaro conocía bien la muñeca porque él mismo había comprado en Toledo el pequeño abrigo rojo que llevaba puesto.
Al tocar la falda encontró el papel.
«Mañana, 7:00. Invernadero viejo. Solo. Martín me encerró. No sé quién más trabaja con él».
Álvaro permaneció sentado durante varios minutos.
No reaccionó como Marina esperaba.
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