Álvaro permitió que hablara durante casi 20 minutos.
Martín expuso la supuesta infiltración de Clara, la «desaparición sospechosa» de Marina y la necesidad de retirar a Álvaro temporalmente de ciertas decisiones.
—Esto no es personal —concluyó—. Se trata de proteger el apellido Serrano.
Don Rafael, tío de Álvaro y miembro más antiguo del consejo, preguntó:
—¿Y quién asumiría esas funciones?
Martín fingió incomodidad.
—Si no queda otra opción, yo podría hacerlo de manera provisional.
La puerta se abrió.
Entraron Clara, Marina y 2 agentes de paisano.
Martín se quedó inmóvil.
Álvaro colocó sobre la mesa una fotografía del candado.
Después otra de la ferretería.
Luego los registros telefónicos.
Finalmente, una copia de los movimientos financieros.
—No estabas protegiendo el apellido —dijo—. Estabas poniéndole precio.
Martín intentó mantener la compostura.
—No sabes lo que estás haciendo.
—Durante 15 años pensé que sí te conocía. Ese fue mi error.
Martín miró a Marina.
Por primera vez perdió la máscara.
—Tú tendrías que haberte marchado cuando te lo dije.
Nerea estaba en el pasillo con una cuidadora y escuchó la frase.
Marina dio 1 paso hacia la puerta para comprobar que su hija estaba bien.
Martín aprovechó aquel instante para levantarse.
No llegó lejos.
Los agentes lo detuvieron antes de salir de la biblioteca.
Parecía terminado.
No lo estaba.
Cuando revisaron su segundo teléfono descubrieron mensajes enviados esa misma mañana.
Uno decía:
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