“No llames a nadie, llévame tú”, suplicó la mujer que firmaba miles de despidos, mientras se desangraba frente a un empleado común; esa noche él aceptó salvarla, sin saber que al amanecer tendría que escoger entre proteger a su hija o entregar a su jefa a los buitres.

“No llames a nadie, llévame tú”, suplicó la mujer que firmaba miles de despidos, mientras se desangraba frente a un empleado común; esa noche él aceptó salvarla, sin saber que al amanecer tendría que escoger entre proteger a su hija o entregar a su jefa a los buitres.

“Su responsable médico.”

“Eres un empleado de tercer nivel con una camisa manchada.”

“Y aun así soy la persona que ella eligió.”

Arturo se acercó a la cama.

“Valeria, por favor. No conviertas esto en un espectáculo. La empresa necesita estabilidad.”

Ella intentó hablar, pero el dolor le cortó la respiración.

Ricardo aprovechó el silencio.

“Ya perdiste fuerza. Los bancos lo saben. Los accionistas lo sospechan. Los consejeros están listos para votar. Firma y conserva dignidad.”

Diego dio un paso hacia la puerta.

“Voy a llamar a seguridad.”

Ricardo sonrió.

“No te conviene.”

Sacó su celular y lo puso frente a Diego. En la pantalla había una foto de Sofía saliendo de la primaria, con su mochila morada y las trenzas deshechas.

A Diego se le heló la sangre.

“Muy bonita tu niña”, dijo Ricardo. “Sofía, ¿no?”

Valeria giró la cabeza con horror.

“Ricardo…”

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