Él no apartó los ojos de Diego.
“No te estoy amenazando. Te estoy explicando consecuencias. Tú vives en una renta pequeña en Narvarte. Debes 2 meses de tarjeta. Tu coche no pasa verificación. Y tu hija necesita tratamiento dental.”
Diego sintió que la rabia le subía por la garganta, espesa, amarga.
“¿Mandó a seguir a mi hija?”
“Mandé a entender quién se estaba metiendo en mis asuntos.”
La abogada bajó la mirada. Arturo fingió revisar su reloj.
Ricardo continuó:
“Sal de este cuarto. Hoy mismo habrá 2 millones de pesos en tu cuenta por tu discreción. Si te quedas, para mediodía estarás despedido, boletinado y demandado por manipulación de una paciente vulnerable. Nadie en finanzas te va a contratar. Ni de cajero.”
Diego miró el celular. Dos millones de pesos. Con eso podía pagar la renta, los brackets, cambiar el coche, dormir una noche sin sentir que el mundo le pisaba el pecho.
Solo tenía que abandonar a Valeria.
Ella no le pidió nada. Ese silencio dolió más. Lo miraba con una vergüenza rota, como si ya hubiera aceptado que todos, al final, tenían precio.
Diego recordó otra noche, 5 años atrás, cuando su esposa murió de una embolia y él se quedó en un hospital del IMSS con una bebé de 2 años dormida sobre las piernas. Recordó llamar a familiares, amigos, conocidos. Todos llegaron tarde o no llegaron. Recordó ese frío especial de descubrir que el dolor no detiene la ciudad.
Respiró hondo.
Luego presionó el botón rojo junto a la cama.
Ricardo perdió la sonrisa.
“¿Qué hiciste?”
“Llamé a enfermería.”
“Idiota.”
“No”, dijo Diego. “Padre.”
Entró una enfermera robusta, de rostro severo.
“¿Todo bien, señor Salazar?”
“No. Estas personas están alterando a la paciente. Uno acaba de mostrarme fotos de mi hija menor para intimidarme. Necesito seguridad y quiero que quede asentado en el expediente.”
La enfermera miró el monitor de Valeria, luego a Ricardo.
“Todos fuera.”
Ricardo golpeó la mesa.
“Usted no sabe quién soy.”
“Sí sé”, contestó la enfermera. “Un visitante que está poniendo en riesgo a una paciente en terapia intensiva. Fuera.”
Dos guardias aparecieron en la puerta.
Ricardo tomó los papeles con furia.
“Esto no se termina aquí.”
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