PARTE 1
“La señora Moncada se está desangrando en la sala de juntas y no quiere que llame a una ambulancia.”
Eso fue lo primero que Diego Salazar alcanzó a pensar cuando vio a Valeria Moncada, la mujer más poderosa de todo el corporativo, doblada sobre la alfombra gris del piso 41, con una mano apretada contra el abdomen y una mancha oscura creciendo junto a sus labios.
Eran casi las 12 de la noche en Santa Fe, Ciudad de México. Afuera, los edificios brillaban como cuchillos de vidrio. Adentro, en Grupo Moncada, solo quedaban las luces frías, el zumbido de los servidores y Diego, un analista financiero de 34 años que seguía revisando reportes porque su hija Sofía necesitaba brackets y él necesitaba horas extra.
Diego no era amigo de Valeria. Ni siquiera podía decir que la conocía. Para los empleados comunes, ella era una leyenda con tacones caros: 43 años, soltera, implacable, dueña de un emporio de construcción, logística y alimentos que daba trabajo a miles de familias. Se decía que podía despedir a un director con una sola mirada y que jamás repetía una instrucción dos veces.
Diego subió al piso ejecutivo solo para dejar unos documentos de cierre trimestral. Iba pensando en cuánto le debía a doña Elvira, la vecina que cuidaba a Sofía cuando él trabajaba tarde. También pensaba en que su viejo Nissan Tsuru ya sonaba como si cargara piedras en el motor.
Dejó el sobre manila sobre el escritorio de la asistente y estaba por irse cuando escuchó un golpe seco.
Luego, un quejido.
La puerta de cristal esmerilado de la sala de juntas estaba entreabierta. Diego se acercó con el corazón golpeándole las costillas.
“¿Licenciada Moncada?”
Empujó la puerta.
Valeria estaba en el suelo.
Su saco blanco, impecable hasta hacía unos minutos, estaba arrugado bajo su cuerpo. La piel se le veía grisácea. Tenía sudor frío en la frente y sangre mezclada con bilis manchándole la boca.
Diego se arrodilló junto a ella.
“Voy a llamar al 911.”
Valeria le atrapó la muñeca con una fuerza desesperada.
“No.”
“Está sangrando.”
“No ambulancia”, susurró ella, apenas moviendo los labios. “Prensa… consejo… acciones…”
“Señora, eso no importa ahorita.”
Ella abrió los ojos. Aun medio muerta, seguían siendo ojos de mando.
“Llévame tú.”
Diego soltó una risa nerviosa, absurda.
“Yo manejo un Tsuru 2009, licenciada. No es exactamente una ambulancia.”
“Entonces maneja rápido.”
Quiso decirle que estaba loca. Que podía morir. Que nadie en su sano juicio arrastraba a una directora general desangrándose por un estacionamiento para proteger una junta de accionistas.
Pero entonces Valeria lo miró de otra forma.
No como jefa.
Como una mujer acorralada.
“Diego”, murmuró. “Por favor.”
Él se quedó helado. No sabía que ella conociera su nombre.
La levantó como pudo. Valeria era ligera, pero su cuerpo no respondía. Cada paso hacia el elevador privado fue una guerra. Ella gemía bajito, apretando los dientes para no gritar. Diego sintió la sangre mojándole la camisa barata.
En el estacionamiento, la acomodó en el asiento del copiloto entre una mochila infantil, una muñeca sin zapato y una chamarra rosa de Sofía. Valeria perdió el conocimiento antes de que él arrancara.
Diego manejó como jamás había manejado. Se pasó dos altos. Tocó el claxon en Reforma como si su vida dependiera de eso. En realidad, dependía la de ella.
Al llegar al hospital más cercano, entró cargándola a medias.
“¡Ayuda! ¡Está vomitando sangre!”
Una enfermera que parecía agotada levantó la vista con fastidio. Pero cuando vio el rostro de Valeria y la camisa ensangrentada de Diego, gritó por una camilla.
“¿Nombre?”
“Valeria Moncada.”
La enfermera parpadeó.
“¿La de Grupo Moncada?”
“Sí. Pero apúrense.”
Se la llevaron por unas puertas dobles. Diego se quedó parado en medio de urgencias con las manos rojas, temblando.
Una joven administrativa se acercó con una tabla.
“Necesitamos datos. Seguro, alergias, familiar responsable, contacto de emergencia.”
“No sé nada de eso. Trabajo para ella.”
“También se requiere autorización para cirugía.”
Diego miró las hojas.
“No soy familia.”
“Entonces busque a alguien. La paciente está grave.”
Durante 15 minutos, Diego llamó a Recursos Humanos, a la asistente, al conmutador del corporativo, a los teléfonos publicados en internet. Nada. Valeria Moncada tenía edificios, abogados, choferes, escoltas, empleados y columnas en revistas de negocios.
Pero a la 1:17 de la mañana, mientras se moría en un quirófano, no había nadie que contestara por ella.
Un médico salió a toda prisa.
“¿Usted la trajo?”
“Sí.”
“Está consciente por momentos. No quiere entrar a cirugía hasta verlo. Dice su nombre.”
Diego tragó saliva.
Entró al área de trauma y la vio bajo una luz brutal, conectada a vías, pálida como papel. Valeria giró apenas la cabeza.
“Diego.”
“Aquí estoy.”
Una enfermera le puso una pluma en la mano a Valeria. El médico señaló la autorización.
“Firme aquí.”
Valeria garabateó una firma temblorosa. Luego bajó la pluma hasta el apartado de contacto responsable. Tachó “familiar” y escribió con una lentitud dolorosa:
Diego Salazar.
Diego sintió que el piso se movía.
“¿Qué está haciendo? Yo solo soy un empleado.”
Valeria respiró con dificultad.
“El consejo son buitres. Mis primos también. Si me duermo… van a venderme viva.”
El monitor empezó a sonar más rápido.
“Tú no llamaste a la prensa”, susurró ella. “No me dejaste tirada.”
La pluma cayó de sus dedos.
“Usted será el responsable médico”, dijo el doctor, empujando la camilla hacia cirugía. “Si se complica, vendremos con usted.”
Diego se quedó solo con la hoja en la mano.
En tinta negra estaba escrito algo imposible: la vida de una multimillonaria acababa de quedar en manos de un padre soltero que ni siquiera podía pagar completo el dentista de su hija.
Y lo peor todavía no había empezado.
Leave a Comment