“No llames a nadie, llévame tú”, suplicó la mujer que firmaba miles de despidos, mientras se desangraba frente a un empleado común; esa noche él aceptó salvarla, sin saber que al amanecer tendría que escoger entre proteger a su hija o entregar a su jefa a los buitres.

“No llames a nadie, llévame tú”, suplicó la mujer que firmaba miles de despidos, mientras se desangraba frente a un empleado común; esa noche él aceptó salvarla, sin saber que al amanecer tendría que escoger entre proteger a su hija o entregar a su jefa a los buitres.

PARTE 2

A las 3:06 de la mañana, Diego estaba sentado en una sala de espera con olor a café quemado y cloro industrial. La camisa se le había pegado al cuerpo por la sangre seca. Tenía 11% de batería en el celular y 4 mensajes de doña Elvira.

Sofía sigue dormida.

No te preocupes.

Pero Diego sí se preocupaba. Cada hora extra de cuidado era dinero que no tenía. Cada minuto ahí era una grieta más en su vida ya remendada con cinta.

Las puertas del pasillo se abrieron con violencia.

Un hombre de traje azul marino entró como si el hospital le perteneciera. Diego lo reconoció de los correos corporativos: Arturo Ibáñez, jefe de gabinete de Valeria. El hombre que decidía quién podía verla, quién podía hablarle y quién desaparecía de su agenda para siempre.

“¿Tú eres Salazar, de Finanzas?”

Diego se levantó.

“Sí.”

“¿Dónde está?”

“En cirugía.”

Arturo soltó una grosería entre dientes.

“¿La trajiste tú? ¿En tu coche?”

“Ella me lo pidió.”

back to top