“No llames a nadie, llévame tú”, suplicó la mujer que firmaba miles de despidos, mientras se desangraba frente a un empleado común; esa noche él aceptó salvarla, sin saber que al amanecer tendría que escoger entre proteger a su hija o entregar a su jefa a los buitres.

“No llames a nadie, llévame tú”, suplicó la mujer que firmaba miles de despidos, mientras se desangraba frente a un empleado común; esa noche él aceptó salvarla, sin saber que al amanecer tendría que escoger entre proteger a su hija o entregar a su jefa a los buitres.

“Debiste llamar a su equipo.”

“Lo intenté. Nadie contestó.”

Arturo caminaba de un lado a otro, pálido de rabia.

“El mercado abre en unas horas. Si se filtra que Valeria Moncada está incapacitada, las acciones se desploman. El consejo tiene que activar el protocolo de continuidad.”

Diego lo miró con cansancio.

“¿Y ella?”

“¿Qué?”

“Pregunté por ella. No por las acciones.”

Arturo apretó la mandíbula.

Antes de que respondiera, salió el cirujano. Tenía ojeras profundas y el cubrebocas colgándole del cuello.

“Busco a Diego Salazar.”

“Soy yo.”

Arturo se interpuso.

“Soy Arturo Ibáñez, representante corporativo de la señora Moncada. Necesito autorizar su traslado a un hospital privado.”

El médico ni siquiera lo miró bien.

“No se traslada a nadie. La paciente tenía una perforación gástrica, peritonitis severa y sangrado interno. Se le retiró una parte del estómago. Está crítica, pero estable.”

Diego sintió que el aire le faltaba.

“¿Va a vivir?”

“Las próximas 24 horas son decisivas.”

Arturo extendió la mano.

“Doctor, con todo respeto, yo manejo los asuntos de la licenciada Moncada.”

“El único autorizado para decisiones médicas es el señor Salazar.”

Arturo giró lentamente hacia Diego.

“¿Qué acabas de decir?”

“Ella me puso como responsable antes de entrar.”

“Estaba delirando.”

“No. Sabía exactamente lo que hacía.”

Arturo se acercó, bajando la voz.

“Escúchame bien, Diego. Tú no entiendes el tamaño del incendio que estás pisando. Hay miles de millones en juego. Hay contratos públicos, deuda, bancos, sindicatos, proveedores. Si te atraviesas, te van a aplastar.”

Diego pensó en Sofía. En su lonchera de unicornio. En los tenis que ya le quedaban chicos. En la renta atrasada.

“Entonces que me aplasten después”, dijo. “Ahorita nadie la mueve.”

El médico asintió, casi con alivio.

“Queda asentado. Ninguna visita sin autorización del responsable.”

Arturo soltó una risa seca.

“Te vas a arrepentir.”

Por primera vez en toda la noche, Diego no se movió.

A las 8 de la mañana, Valeria despertó en terapia intensiva. Tenía los labios partidos y la mirada perdida. Diego le dio pequeñas cucharadas de hielo.

“¿Sigo viva?”, murmuró ella.

“Por poco.”

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