“¿El formulario?”
“Firmado. Soy su responsable médico.”
Valeria cerró los ojos.
“Arturo vino, ¿verdad?”
“Quería moverla. Dijo que era por la empresa.”
“Es perro de Ricardo Beltrán.”
Diego conocía ese nombre. Presidente del consejo. Dueño de una sonrisa de revista y una reputación de carnicero.
“Lleva un año tratando de sacarme”, siguió Valeria. “Si me declara incapaz, toma el control.”
“Pues no lo logró.”
Valeria lo observó. Vio la camisa manchada, la cara sin dormir, las manos agrietadas de un hombre que había pasado la noche sosteniendo una vida ajena.
“¿Por qué te quedaste?”
Diego bajó la mirada.
“Porque nadie más lo hizo.”
Valeria no contestó. Por primera vez, no tenía una orden lista.
Entonces la puerta de cristal se abrió.
Ricardo Beltrán entró con Arturo y una abogada de traje negro. En sus manos traían documentos.
“Valeria”, dijo Ricardo, sonriendo sin calor. “Qué alivio verte despierta. Ahora firma esto y evitamos que tu enfermedad destruya la compañía.”
Valeria palideció más.
Diego supo en ese instante que los buitres no habían venido a visitar a la enferma.
Habían venido a quitarle todo.
PARTE 3
Ricardo Beltrán dejó los documentos sobre una mesa metálica, junto al vaso de hielo de Valeria, como si una cama de terapia intensiva fuera una sala de consejo.
La abogada abrió una carpeta.
“Es una declaración temporal de incapacidad ejecutiva”, dijo con voz lisa. “La licenciada Moncada conserva sus derechos patrimoniales, pero el consejo asumiría el control operativo hasta que un comité médico determine su recuperación.”
Diego miró a Valeria. Tenía los dedos clavados en la sábana. El monitor empezó a marcar un ritmo más rápido.
“Está recién operada”, dijo Diego. “No va a firmar nada.”
Ricardo lo miró por primera vez con verdadero desprecio.
“¿Y tú quién eres para decidir?”
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