“Mi madre se está muriendo y no tengo para el boleto”, lloró la enfermera en el aeropuerto. La fila la miró con desprecio… hasta que un desconocido de traje se acercó y dijo: “Vamos juntos.”

“Mi madre se está muriendo y no tengo para el boleto”, lloró la enfermera en el aeropuerto. La fila la miró con desprecio… hasta que un desconocido de traje se acercó y dijo: “Vamos juntos.”

“Fabiola”, dijo mi tía, sin abrazarme. “Qué bueno que llegaste. Necesitamos hablar.”

“Mi mamá está luchando por su vida.”

“Sí, por eso. Si pasa algo, no queremos pleitos. Tu mamá nos dijo hace años que la casa…”

“¿La casa?”, pregunté, sintiendo la sangre subir.

Brenda miró a Alejandro de arriba abajo, calculando de inmediato su reloj, su saco, su forma de estar ahí.

“Qué rápido conseguiste patrocinador.”

Alejandro endureció la mandíbula.

Yo me levanté.

“Me bloqueaste cuando te pedí 2,800 pesos.”

“Todos tenemos problemas.”

“Te pagué tres meses de renta.”

“Eso fue diferente.”

“Claro. Cuando tú necesitas, es familia. Cuando yo necesito llegar a ver a mi mamá viva, es drama.”

Mi tía chasqueó la lengua.

“No hagas show en un hospital. Además, tu mamá siempre fue muy sentimental contigo. A lo mejor ni está consciente para decidir nada.”

Abrí la boca, pero antes de responder, apareció doña Licha por el pasillo, empapada, con una bolsa de pan dulce en la mano y el coraje encendido en la cara.

“Consciente estaba cuando firmó todo”, dijo.

Mi tía se quedó helada.

“¿Usted qué hace aquí?”

“Lo que ustedes no hicieron. Estar.”

Doña Licha sacó de su bolsa un sobre de plástico.

“Tu mamá me pidió guardarlo por si algún día venían estos zopilotes a rondar antes de tiempo.”

Brenda se puso roja.

“Vieja metiche.”

Doña Licha ni parpadeó.

“Metiche no. Testigo.”

Me entregó el sobre.

Adentro había copias de escrituras, una carta y un recibo notarial.

La casa estaba a mi nombre desde hacía seis meses.

La carta era de mi madre.

“Fabiola, si estás leyendo esto, quizá sea porque ya no puedo explicarlo con mi voz. No le debo nada a nadie que solo me visitaba para medirme los muebles. Esta casa es tuya porque tú fuiste mi casa desde que murió tu papá.”

Sentí que el pasillo giraba.

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