Las puertas se cerraron frente a mí.
Yo me quedé afuera, del lado donde siempre había dejado a los demás.
Durante seis años había dicho esa frase con voz profesional: “Espere aquí, en cuanto tengamos noticias le avisamos.”
Nunca había sabido cuánto pesaba.
Alejandro se acercó.
“No sé qué hacer”, confesé. “Sé leer monitores, sé canalizar venas imposibles, sé hablar con doctores difíciles. Pero no sé dónde poner las manos cuando la paciente es mi mamá.”
Él no dijo “todo va a estar bien”, porque la gente que ha perdido a alguien sabe que esa frase a veces es una piedra pintada de consuelo.
Solo dijo:
“Aquí están mis manos. Úselas mientras encuentra las suyas.”
Me senté.
Me tomó una mano y con la otra hizo una llamada.
“Soy Alejandro Robles. Necesito hablar con el director del hospital. Ahora.”
Lo miré.
“No uses tu apellido para brincar protocolos.”
“No lo uso para comprar trato especial”, respondió. “Lo uso para que a una mujer que ya está viva no la dejen esperando por falta de equipo.”
Diez minutos después, el jefe de cardiología apareció en el pasillo.
Doctor Salinas. Pelo blanco, mirada despierta, bata abrochada a medias.
“¿Hija de la señora Amalia?”
“Sí.”
“Vamos a revisar su caso con equipo completo. Me dicen que usted es personal médico.”
“Soy enfermera de urgencias.”
“Entonces le hablaré claro. Su madre tuvo una arritmia grave. La estabilizamos, pero su corazón está cansado. Si responde esta noche, habrá que operarla pronto. No puede seguir postergándolo.”
La palabra “operarla” me dio miedo, aunque yo misma se la había repetido a mi madre durante años.
Mientras el equipo trabajaba detrás del cristal, vi a mi tía Rosario entrar al pasillo con Brenda y su esposo.
No llegaron corriendo.
Llegaron peinadas.
Brenda traía bolsa cara y cara de funeral anticipado.
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