PARTE 1
“No te hagas la santa, Mariana. Te casaste con un moribundo porque oliste dinero.”
Eso me dijo mi prima Verónica en plena misa de cuerpo presente, frente al ataúd de Tomás Beltrán y delante de diecisiete personas que apenas se atrevían a mirarme.
Yo no respondí.
Tenía el anillo de bodas apretado dentro del puño, tan fuerte que el metal me marcaba la palma. Tomás no había alcanzado a ponérmelo bien el día de la ceremonia. Le temblaban demasiado las manos. Yo terminé guiando sus dedos, mientras el padre Julián, un sacerdote de la colonia Narvarte, murmuraba una bendición en la sala de su casa.
Diez días.
Eso duró mi matrimonio.
Diez días en los que preparé caldo de pollo, acomodé medicinas, le leí novelas cuando ya no podía sostener los libros y jugué Scrabble en una mesita donde siempre había té de manzanilla enfriándose.
Yo era voluntaria en un programa de acompañamiento para pacientes terminales en la Ciudad de México. Tres veces por semana visitaba enfermos que no tenían familia cerca. Algunos pedían comida. Otros, silencio. Tomás pidió Scrabble la primera vez que entré a su casa.
“¿Sabes jugar?”, me preguntó.
“Sí.”
“¿Haces trampa?”
“Solo cuando es necesario.”
Sonrió como si acabara de encontrar una razón para seguir respirando un rato más.
Tenía cuarenta y dos años, cáncer avanzado y una casa pequeña en la colonia Álamos, llena de libros viejos, plantas secas y fotografías volteadas contra la pared. Nunca hablaba de su familia. Nunca preguntaba demasiado por la mía. Pero recordaba cómo me gustaba el café, que me daba frío en las manos y que yo odiaba que alguien convirtiera la enfermedad en el único tema de conversación.
Una tarde, mientras jugábamos, intentó contarme algo de su adolescencia. Abrió la boca, pero las palabras se le trabaron. La enfermedad le estaba afectando el habla. Vi cómo se le tensaba la mandíbula, cómo sus dedos se aferraban al borde de la mesa.
No lo miré con lástima.
Miré hacia la ventana y dije:
“¿Ya te conté que una enfermera se quedó encerrada en la bodega del hospital y salió con una caja de pañales en la cabeza?”
Inventé detalles absurdos hasta que Tomás dejó de apretar la mesa.
Cuando terminé, él me observó en silencio.
“Hiciste eso a propósito”, murmuró.
“No sé de qué hablas.”
Pero desde ese día me miraba como si yo hubiera abierto una puerta que ni yo sabía que existía.
Una semana después apareció con camisa planchada, perfume suave y una cajita de terciopelo junto al tablero.
“Cásate conmigo, Mariana.”
Solté la bolsa del mandado.
“Tomás, nos conocemos desde hace cuatro meses.”
“Cuatro meses muy competitivos.”
No me reí.
Entonces su cara cambió.
“Esta mañana llené papeles del hospital. Donde decía contacto de emergencia no tuve a quién poner. No quiero que mi último capítulo termine con una enfermera firmando por mí. Quiero que haya alguien tomándome la mano.”
Le dije que merecía algo mejor que compasión.
Él respondió:
“Por eso te lo estoy pidiendo a ti. Porque nunca haces que la bondad se sienta como limosna.”
Acepté.
Mi tía Ofelia me llamó irresponsable. Verónica dijo que daba vergüenza. Mi hermano Raúl me gritó que si Tomás tenía algo de valor, yo iba a parecer una cazafortunas.
Aun así, me casé.
Diez días después, Tomás murió con mi mano debajo de la suya.
Y en el funeral, mientras Verónica me acusaba de haber vendido mi dignidad por una herencia que ni siquiera existía, un hombre de traje gris se acercó a mí y dijo:
“Señora Mariana, soy el licenciado Salcedo. Abogado de su esposo. Tomás me pidió que esperara hasta hoy para decirle quién era realmente.”
No pude contestar.
Porque en ese momento el licenciado sacó de su portafolio un sobre cerrado, y al ver mi nombre escrito con la letra temblorosa de Tomás, sentí que algo dentro de mí se rompía antes de saber la verdad.
Lo que venía escrito en esa carta era imposible de creer.
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