Mi tía intentó arrebatarme los papeles.
Alejandro se interpuso.
“Ni lo piense.”
“¿Y usted quién es?”
“Alguien que sí la trajo viva hasta aquí.”
Brenda soltó una risa venenosa.
“Seguro por buena gente, ¿no? Los ricos no hacen nada gratis.”
Yo miré a Alejandro. Él no respondió. No tenía que hacerlo.
El doctor Salinas salió justo entonces.
“Familia de Amalia Luna.”
El silencio cayó pesado.
“Se estabilizó. Todavía está delicada, pero pasó la parte más peligrosa.”
No supe si grité, lloré o respiré por primera vez. Alejandro me sostuvo antes de que las piernas me fallaran.
“Puede verla un minuto”, dijo el doctor. “Solo la hija.”
Mi tía protestó.
“Yo soy su hermana.”
“Y yo soy la persona autorizada en el expediente”, dije, leyendo la copia que doña Licha me había entregado. “Mi mamá lo dejó claro.”
Entré.
Mi madre estaba despierta apenas, con los ojos cansados pero vivos.
“Mi niña”, murmuró.
Me acerqué a la cama y le tomé la mano.
“Vine, mamá.”
“Doña Licha me dijo que no tenías para el boleto.”
“No tenía.”
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