Pasamos la noche en un motel económico junto a la carretera.
El televisor no funcionaba.
La alfombra olía a humedad.
La luz del baño parpadeaba constantemente.
Pero mis hijos estaban secos.
Y estaban seguros.
Cuando finalmente todos se quedaron dormidos, abrí la carpeta amarilla.
Dentro encontré documentos legales, una memoria USB y una carta escrita por Alejandro.
Su letra era temblorosa.
«Mariana:
Lamento que tengas que enfrentar esto.
Mis padres nunca te aceptaron, pero jamás podrán quitarte lo que construimos juntos.
La casa pertenece a un fideicomiso.
Tú eres la administradora.
Nuestros hijos están protegidos.
Si intentan algo, Rebeca tiene todas las pruebas.
No tengas miedo.»
Las lágrimas comenzaron a caer.
Leave a Comment