Tomé la mano de Lucas y guié a mis hijos hacia la calle.
No tenía un plan.
No tenía un lugar adonde ir.
Solo tenía a mis hijos, la lluvia y una carpeta amarilla escondida dentro del bolso de pañales.
Una carpeta que Alejandro me había entregado poco antes de morir.
—Si mis padres intentan echarte algún día, lleva esto a la oficina de la doctora Rebeca Salazar. No lo abras antes. Prométemelo.
Me detuve antes de abandonar la entrada de la casa y me giré.
—Antes de celebrar —dije—, deberían averiguar quién es realmente el dueño de esta propiedad.
La expresión de Ricardo cambió al instante.
La sonrisa de Elena desapareció.
Por primera vez aquella noche, solo se escuchó la lluvia.
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