Dentro había decenas de sobres.
Cada uno tenía una etiqueta diferente.
«Abrir cuando no puedas levantarte de la cama.»
«Abrir el día de tu cumpleaños.»
«Abrir cuando tengas miedo de olvidar mi voz.»
«Abrir cuando estés enojada conmigo.»
Las lágrimas comenzaron a nublar mi visión.
Sobre los sobres había un pequeño grabador digital.
Lo tomé con cuidado.
Mis manos temblaban tanto que casi se me cayó.
Presioné reproducir.
Y escuché su voz.
—Hola, mamá…
Mi respiración se quebró.
Era ella.
La misma voz que habría dado cualquier cosa por volver a escuchar.
—Si estás escuchando esto, significa que no pude quedarme tanto tiempo como queríamos…
Me senté sobre el frío piso de cemento.
Y lloré.
Lloré como no había llorado desde el día de su partida.
Leave a Comment