Fue entonces cuando las puertas de cristal de urgencias se abrieron y entró Doña Rosa, quien había sido alertada por una vecina que vio la ambulancia. Venía con el ceño fruncido y paso firme.
—¿Qué circo es este, Mateo? —exigió saber la mujer, sin una gota de empatía en su voz—. Te dije que esa mujer solo quería llamar la atención. Hacerte gastar dinero a lo tonto en hospitales públicos cuando tú te partes el lomo…
Mateo no la dejó terminar. Se giró lentamente. Sus ojos, inyectados en sangre, reflejaban una furia que Doña Rosa jamás había visto en su hijo.
—Cállate —dijo Mateo, con una voz tan baja y amenazante que varios en la sala de espera voltearon a mirar—. Te prohíbo que vuelvas a mencionar el nombre de mi esposa.
—¡Soy tu madre, a mí no me hablas así! —replicó ella, indignada.
—¡Por tu culpa casi muere! —estalló Mateo, acercándose a ella sin importarle quién escuchara—. Por tus malditos comentarios venenosos sobre el bebé que perdimos. Le metiste tanto terror en la cabeza que prefirió que se le pudrieran las piernas antes de moverse por miedo a perder este embarazo. Te metiste en mi matrimonio, me envenenaste contra ella, y yo fui tan poco hombre que te dejé hacerlo. Lárgate de aquí. Si mi esposa o mi hijo no sobreviven esta noche, juro por Dios que jamás me vas a volver a ver en tu vida. Lárgate.
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