—Perdóname, mi amor… perdóname por ser tan imbécil —lloraba Mateo, besando la frente ardiente de su esposa—. Nadie te va a quitar a este bebé. Nadie.
Los paramédicos de la Cruz Roja tardaron 15 minutos en llegar, pero a Mateo le parecieron años. Cuando entraron y vieron el estado de las piernas de Elena, uno de ellos soltó una maldición por lo bajo. Tuvieron que bajarla en camilla por las estrechas escaleras con extremo cuidado, pues cualquier movimiento brusco podía liberar un coágulo de sangre fatal.
La ambulancia cortó la noche de la ciudad con el ulular de su sirena, esquivando baches y tráfico en su camino hacia el Hospital General de México. En la parte trasera, Mateo sostenía la mano helada de Elena. Ella miraba el techo metálico del vehículo, murmurando rezos a la Virgen de Guadalupe, pidiendo que tomaran su vida a cambio de la de su hijo.
Al llegar a urgencias, el caos hospitalario los tragó. Camillas, médicos corriendo, luces fluorescentes que lastimaban los ojos. Elena fue ingresada de inmediato al área de choque. Mateo se quedó de pie en la sala de espera, sintiéndose el hombre más pequeño e inútil del mundo.
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