El aire en la pequeña habitación de Ecatepec pareció desaparecer por completo. Mateo dejó caer la cobija al suelo, sintiendo que las rodillas le fallaban. La escena ante sus ojos era una imagen sacada de sus peores pesadillas.
Las piernas de Elena no parecían humanas. Estaban hinchadas hasta el doble de su tamaño normal, la piel tensa y brillante a punto de reventar. Desde los tobillos hasta la mitad de los muslos, un color púrpura oscuro, casi negro, manchaba su carne, atravesado por gruesas venas rojas que parecían arder bajo la piel. Había llagas abiertas cerca de sus pantorrillas de las que supuraba un líquido amarillento, manchando las sábanas blancas que ella había ocultado con tanto esmero.
El olor a infección llenó el cuarto de golpe, un aroma metálico y enfermizo que hizo que el estómago de Mateo se contrajera violentamente.
—¡Dios mío, Elena! —gritó Mateo, cayendo de rodillas junto a la cama, con las manos temblando en el aire sin atreverse a tocarla por miedo a lastimarla más—. ¿Qué es esto? ¿Por qué no me dijiste nada? ¡Te estás muriendo!
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