Caminó hacia la habitación. Ahí estaba Elena, en la misma posición de siempre, aferrada a los bordes de la cobija con los nudillos blancos de tanta fuerza que aplicaba. El plato de comida de la mañana seguía intacto.
—Ya basta, Elena —dijo Mateo, con una voz dura y fría que nunca antes había usado con ella—. Llevas semanas así. Mi madre tiene razón, me estás volviendo loco. Levántate de una maldita vez.
Elena tembló de pies a cabeza. Sus ojos, rodeados de profundas ojeras, se llenaron de lágrimas de terror.
—No, Mateo, por favor… —suplicó ella, con la voz quebrada en un susurro apenas audible—. No me obligues… no veas, te lo ruego.
Esa actitud a la defensiva fue la gota que derramó el vaso. Ciego por la frustración, la duda y el enojo acumulado, Mateo dio 2 zancadas hacia la cama.
—¡Dije que ya basta! —gritó.
Con un movimiento brusco y violento, Mateo agarró el extremo de la gruesa cobija y la arrancó de un solo tirón, dispuesto a obligarla a ponerse de pie. Pero al bajar la mirada hacia la cama, todo el enojo se evaporó de su cuerpo en un instante, reemplazado por un frío paralizante. Era imposible imaginar el horror que estaba a punto de desatarse…
PARTE 2
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