—Esa mujer tuya te está viendo la cara, mijo —le decía Doña Rosa una tarde, cruzada de brazos en la pequeña cocina, mientras Mateo se lavaba las manos manchadas de grasa automotriz—. 6 meses no son nada. Cuando yo te esperaba a ti, a los 8 meses seguía lavando ropa a mano y moliendo maíz. Tu esposa lo que tiene es flojera. Te está usando de su sirviente. ¿Y si ni siquiera está enferma? ¿Y si nada más quiere tenerte controlado?
Las palabras de su madre, repetidas como un martilleo constante día tras día, comenzaron a echar raíces en la mente cansada de Mateo. El estrés de pagar las deudas, el cansancio físico y la frustración de llegar a casa solo para encontrar a su esposa escondida bajo las sábanas, sin mirarlo a los ojos, lo estaban llenando de un resentimiento oscuro. Empezó a sospechar. ¿Estaba Elena exagerando? ¿Acaso estaba deprimida porque no quería al bebé? ¿O su madre tenía razón y Elena simplemente se aprovechaba de su devoción?
Una noche de viernes, Mateo regresó a casa pasadas las 10. La calle estaba oscura, y a lo lejos solo se escuchaba el inconfundible llamado del carrito de los tamales oaxaqueños. Mateo entró azotando la puerta, exhausto y con la cabeza a punto de estallar.
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