Finalmente, a las 38 semanas exactas, la fuente de Elena se rompió en un martes lluvioso.
Esta vez no hubo miedo, no hubo silencios ni escondites bajo la cobija. Mateo tomó la pañalera que llevaba 1 mes lista junto a la puerta, subió a Elena a un taxi de confianza y llegaron al hospital llenos de esperanza.
Tras 8 horas de labor de parto, un llanto potente y lleno de vida inundó el quirófano. Era un niño. Fuerte, sano, con 3 kilos de peso y los mismos ojos oscuros de su madre.
Cuando la enfermera colocó al pequeño sobre el pecho desnudo de Elena, ella sollozó de felicidad. Mateo, vestido con su bata quirúrgica azul, rodeó a su esposa y a su hijo con sus brazos gruesos, llorando sin ninguna vergüenza.
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