Le pusieron de nombre Santiago.
Semanas después, la vida en la pequeña casa volvió a la normalidad, pero con un brillo completamente nuevo. Doña Rosa intentó buscar un acercamiento, dejando canastas con fruta en la puerta, pero Mateo mantuvo su distancia, firme en su decisión de proteger la paz mental de su esposa. Había aprendido, a la mala, que el peor enemigo de un matrimonio no siempre es la falta de dinero, sino permitir que voces externas dicten el valor de la persona que amas.
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