Elena asintió, llorando, pero esta vez de alivio. El fantasma de la culpa que la había atormentado durante 2 años finalmente se desvanecía en esa fría habitación de hospital.
Los siguientes 3 meses fueron la prueba de fuego para su matrimonio. Mateo pidió el turno nocturno en el taller para poder cuidarla durante el día. Aprendió a inyectarle los anticoagulantes en el vientre, la ayudaba a hacer los ejercicios de rehabilitación que los fisioterapeutas le ordenaban, y se encargó de preparar cada comida. La pequeña casa en Ecatepec se transformó en un santuario blindado contra los chismes de los vecinos y la toxicidad familiar.
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