En la habitación resonaba un sonido constante, rítmico y maravilloso desde el monitor fetal.
Tum.
Tum.
Tum.
Era el corazón de su hijo, luchando por la vida igual que su madre.
—Ya no hay secretos, mi amor —susurró Mateo, juntando su frente con la de ella—. Ya eché a mi madre de nuestras vidas. A partir de hoy, somos tú, yo y este bebé. Nadie más va a opinar, nadie más te va a hacer sentir miedo. Prométeme que nunca más te vas a tragar tu dolor por miedo a decepcionarme.
Leave a Comment