Me arrodillé frente a él y tomé su carita entre mis manos. Sus ojos estaban llenos de una inteligencia aguda… y de un dolor tan profundo que me rompió el alma.
—Cuéntame todo —le pedí—. Todo, mi amor.
Mateo respiró hondo, como si fuera a soltar años de secretos enterrados.
—Tenía 3 años cuando empezó… Antes hablaba normal. Cantaba canciones. Decía “mamá” y “papá”.
Yo lo recordaba. Claro que lo recordaba.
—Mamá me llevó a un doctor… pero no era un doctor de verdad —continuó—. Era un amigo suyo. Me hicieron pruebas raras… y después me dijo que tenía que dejar de hablar. Que si hablaba, algo malo te pasaría a ti… y a mí.
Sentí un nudo en el estómago.
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