—¿Por qué haría eso? —pregunté, aunque una parte de mí ya lo intuía.
Mateo bajó la mirada.
—Por el dinero.
Sus palabras me golpearon como un mazo.
Mi esposo Ramón había muerto quince años atrás. Me dejó la casa familiar —una propiedad histórica en el centro— y el dinero de la fábrica textil que vendimos años antes.
Leonardo era mi único hijo.
Mi único heredero.
—Papá hereda todo cuando tú mueras —dijo Mateo—. Y mamá lo controla a él.
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