—¿Qué tiene el té? —logré preguntar.
Mateo se limpió las lágrimas con el dorso de su mano.
—No sé exactamente qué es… pero la escuché hablando por teléfono. Dijo que esta vez funcionaría mejor que la última vez… y que 10 días era suficiente para que nadie sospechara.
La última vez.
Ese “infarto” de hace dos años.
El que me llevó al hospital tres días… después de una cena preparada por Valeria.
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