—Mateo… —susurré.
El vaso se me resbaló de los dedos entumecidos y se estrelló contra el piso. El vidrio explotó en todas direcciones, pero ninguno de los dos se movió.
—No bebas el té que mamá preparó para ti —repitió, y dio un paso hacia mí—. Ella lo planeó todo. Papá también.
Sentí que el aire se me iba.
—Quieren que mueras, abuela —dijo—. Y luego dirán que fue tu corazón… como casi pasó hace dos años.
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