Mi corazón, ese órgano traicionero que había sufrido un infarto leve durante una cena familiar dos años atrás, empezó a latirme con tanta fuerza que pensé que se me saldría del pecho.
Me apoyé en el mostrador, con las rodillas temblando.
—Tú… tú puedes hablar —fue lo único que logré decir.
Mateo me sostuvo la mirada. Y por primera vez vi lágrimas en su rostro.
—Siempre he podido hablar, abuela —dijo—. Pero mamá dijo que si hablaba… si le contaba a alguien lo que sé… mataría a papá y después te mataría a ti.
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