Me dirigí a la cocina, escuchando mis propios pasos sobre el piso de cerámica. Abrí el refrigerador y tomé la jarra. El líquido ámbar se movía suavemente, con pequeñas burbujas atrapadas en su interior.
Busqué un vaso en la alacena.
Y entonces lo escuché.
—Abuela… no bebas el té.
Me quedé paralizada. El vaso quedó suspendido a medio camino entre la alacena y el mostrador.
Esa voz.
Una voz de niño clara, firme… aterradoramente articulada.
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