Mateo estaba en la sala como siempre: sentado en el sofá, balanceándose hacia adelante y hacia atrás. Ese movimiento repetitivo que los doctores habían asociado con su condición.
“Autismo no verbal severo”, habían dicho.
Mi nieto hermoso, de ojos café profundos y cabello negro como el de su padre, atrapado en un silencio que me partía el corazón cada vez que lo miraba.
Cerré la puerta con un suspiro. El calor de agosto se me pegó a la piel.
—Bueno, Mateo —dije en voz alta, como siempre hacía, aunque sabía que no respondería—. Son solo tú y yo por 10 días. ¿Qué tal si la abuela se toma ese té y luego hacemos galletas?
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