Lo vi pagar en efectivo y salir sin ticket. Se subió a un coche viejo, blanco, con una abolladura en la puerta trasera. Memorice la matrícula. Me subí a mi coche y lo seguí.
No sé cómo no choqué. Tenía el corazón tan acelerado que apenas podía respirar.
Llegó a una casa común, pintada de verde mar, con una valla blanca y un jardín pequeño. Entró con bolsas de supermercado… y entonces la puerta se abrió.
Salió una mujer más joven que yo, lo recibió con una sonrisa que no era de cortesía: era de esposa. Le dio un beso, tomó una bolsa… y dos niños aparecieron corriendo.
—¡Abuelo! ¿Trajiste helado?
Él se rió. Esa risa torcida que yo conocía.
Los cuatro entraron. La puerta se cerró.
Me quedé en el coche, paralizada, llorando sin entender en qué momento mi mundo se había vuelto una pesadilla. Seis meses de luto. Seis meses de noches abrazada a una almohada con el olor que aún quedaba. Y él… estaba ahí, vivo, con otra vida.
Y entonces me atravesó una pregunta como un rayo:
Si Javier está vivo… ¿a quién enterré?
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