La mañana en Ciudad de México amanecía gris, con ese cielo pesado que parecía aplastar los edificios antiguos de la colonia San Ángel.
En una mansión de paredes altas y rejas negras, la familia Alvarado se reunía para una decisión que, sin saberlo, marcaría el inicio de su propia ruina.
—Si cruzas esa puerta con ella… dejas de ser un Alvarado.
La voz de Doña Teresa Alvarado no temblaba.
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