Casi nada.
Pero Gael lo vio.
—Muéstranos la mano —ordenó el rey.
Evaristo sonrió.
—Majestad, no va a humillar a uno de sus consejeros por la palabra de una humana encontrada en el lodo.
—La mano —repitió Gael.
Dos guardias avanzaron.
Evaristo retrocedió.
Y en ese instante, el tercer lobo saltó.
No lo atacó. No lo mordió.
Solo le arrancó la manga con los dientes.
El anillo apareció.
Hierro negro.
Grieta en forma de cruz.
El salón se quedó sin aire.
Evaristo miró la mano desnuda. Luego miró a Alma.
Y dejó de fingir.
Sacó una hoja pequeña de debajo del cinto y empujó a un guardia contra el fuego. Las antorchas cayeron. Una cortina ardió. Los ancianos gritaron.
—¡Cierren las puertas! —rugió Gael.
Pero Evaristo ya corría.
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