
PARTE 1
“En cuanto te mueras, esta casa, los terrenos y hasta el último peso van a ser míos.”
Eso me susurró mi esposo al oído el mismo día en que el doctor me dijo que me quedaban siete días de vida.
Me llamo Renata Salvatierra, tengo veintinueve años y, hasta ese momento, yo creía que no existía nada más aterrador que escuchar que mis riñones y mi hígado estaban fallando sin que nadie supiera por qué.
Estaba internada en un hospital privado de Guadalajara, con una cánula en el brazo, los labios partidos y el cuerpo tan débil que hasta llorar me agotaba. El doctor Santillán me habló con esa voz suave que usan cuando ya no quieren prometer nada. Dijo que mi deterioro había sido demasiado rápido, que debíamos prepararnos para lo peor.
Julián, sentado junto a mi cama, me apretó la mano con tanta fuerza que pensé que intentaba no derrumbarse frente a mí. Pero en cuanto el doctor salió del cuarto, levantó la cara. No tenía una sola lágrima. Ni miedo. Ni dolor. Solo una calma asquerosa.
Leave a Comment