Un consejo de 63 ancianos quería desterrar a una niña de 7 años, creyendo que era humana, pero cuando ella alzó una muñeca atada con una cinta roja, tres lobos negros se pusieron de pie como si acabaran de reconocer a su verdadero amo.

Un consejo de 63 ancianos quería desterrar a una niña de 7 años, creyendo que era humana, pero cuando ella alzó una muñeca atada con una cinta roja, tres lobos negros se pusieron de pie como si acabaran de reconocer a su verdadero amo.

Alma levantó la cara.

—Los hombres que me atraparon hablaban de niños. Pero también hablaban de cachorros negros. Dijeron que si conseguían otros 2, les pagarían el doble.

El murmullo volvió, ahora más oscuro.

Los lobos negros no eran animales comunes.

Eran la guardia antigua del reino.

Nacían pocos. Elegían a quién proteger. Y cuando un cachorro desaparecía, todo el territorio temblaba.

—¿Dónde los tienen? —preguntó Gael.

Alma miró alrededor.

Vio los rostros duros. Las bocas apretadas. Los ojos que todavía la despreciaban por ser humana.

Y vio una cosa más.

Un anciano en la tercera banca, flaco, con una mano escondida bajo la manga, dejó de respirar cuando ella lo miró.

Alma lo señaló.

—Ese hombre iba en la camioneta.

El salón explotó.

—¡Mentira!

—¡Imposible!

—¡Es el consejero Evaristo!

El anciano señalado se levantó con una indignación perfecta. Su barba blanca le caía hasta el pecho. Sus manos temblaban como si la acusación lo hubiera herido.

Pero Alma no apartó el dedo.

—No llevaba esa ropa. Llevaba sombrero y una máscara de tela. Pero tenía un anillo. De hierro negro. Con una grieta en forma de cruz.

La cara de Evaristo cambió apenas.

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