Un consejo de 63 ancianos quería desterrar a una niña de 7 años, creyendo que era humana, pero cuando ella alzó una muñeca atada con una cinta roja, tres lobos negros se pusieron de pie como si acabaran de reconocer a su verdadero amo.

Un consejo de 63 ancianos quería desterrar a una niña de 7 años, creyendo que era humana, pero cuando ella alzó una muñeca atada con una cinta roja, tres lobos negros se pusieron de pie como si acabaran de reconocer a su verdadero amo.

Solo un segundo.

Pero fue suficiente.

Don Vázquez lo vio. También lo vieron los ancianos. También los guardias.

El rey Gael, el hombre que no había temblado ni cuando enterró a su hermano, acababa de palidecer frente a una niña descalza.

—Eso no prueba nada —dijo Don Vázquez con rapidez—. Muchas mujeres se llaman Luz.

—Mi mamá tenía una cicatriz aquí —dijo Alma, tocándose debajo de la oreja—. Y cantaba cuando tenía miedo. No canciones. Solo sonidos. Como si hablara con los animales.

Uno de los lobos soltó un gemido bajo.

Gael se llevó una mano a la cicatriz de su mandíbula.

—Basta —ordenó Don Vázquez—. Está manipulando al salón con cuentos de calle.

Alma se giró hacia él.

Por primera vez, sus ojos dejaron de parecer los de una niña.

—Usted sabe que no son cuentos.

Don Vázquez no respondió.

Post navigation

Leave a Comment

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

back to top