Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
Don Vázquez lo vio. También lo vieron los ancianos. También los guardias.
El rey Gael, el hombre que no había temblado ni cuando enterró a su hermano, acababa de palidecer frente a una niña descalza.
—Eso no prueba nada —dijo Don Vázquez con rapidez—. Muchas mujeres se llaman Luz.
—Mi mamá tenía una cicatriz aquí —dijo Alma, tocándose debajo de la oreja—. Y cantaba cuando tenía miedo. No canciones. Solo sonidos. Como si hablara con los animales.
Uno de los lobos soltó un gemido bajo.
Gael se llevó una mano a la cicatriz de su mandíbula.
—Basta —ordenó Don Vázquez—. Está manipulando al salón con cuentos de calle.
Alma se giró hacia él.
Por primera vez, sus ojos dejaron de parecer los de una niña.
—Usted sabe que no son cuentos.
Don Vázquez no respondió.
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