No hacia la salida principal.
Hacia una puerta lateral detrás del consejo.
Una puerta que, según la ley, solo 7 ancianos podían abrir.
Alma lo vio y gritó:
—¡Por ahí sacan a los niños!
Gael giró hacia ella.
—¿Estás segura?
—Cuando íbamos en la camioneta, escuché campanas debajo de la tierra. Campanas pequeñas. Como esas.
Señaló la puerta lateral.
De detrás de la piedra llegó un sonido débil.
Tin.
Tin.
Tin.
Los rostros de los ancianos se descompusieron.
Gael no esperó más.
Tomó una espada de manos de un guardia y atravesó el salón como una tormenta. Los lobos corrieron con él. Alma intentó seguirlos, pero el dolor del tobillo la hizo caer.
Gael volvió de inmediato.
Por un segundo pareció no saber qué hacer con ella.
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