El secreto entre la empleada y su madre lo dejó helado

El secreto entre la empleada y su madre lo dejó helado

Las enfermeras no duraban.

Una se quejó de mordidas.

Otra de gritos.

Otra de que la señora rompía platos cuando no reconocía la cocina.

Rodrigo las reemplazaba con eficacia y frialdad, cada vez más cansado y cada vez más convencido de que su madre ya no estaba realmente ahí.

Cuando la última renunció, Lucía, la muchacha de limpieza nocturna, ofreció cubrir el día mientras encontraban a alguien más.

Rodrigo aceptó porque no tenía otra opción.

Lucía tenía veintiséis años, una voz baja y una calma que lo irritaba sin razón aparente.

No presumía experiencia, no hablaba de certificados, no intentaba impresionar a nadie.

Solo observaba.

Tomaba nota mental de los movimientos de Inés, de sus silencios, de la manera exacta en que se tensaban sus dedos antes de una crisis.

Y, a ojos de Rodrigo, eso era todavía peor.

Le molestaba no poder clasificarla.

Con el paso de las semanas empezó a notar cosas pequeñas.

La pastilla azul para la agitación seguía con frecuencia en el pastillero.

Un rebozo antiguo había aparecido doblado sobre el respaldo de una silla.

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