La puerta se abrió lentamente con un crujido, como si incluso las bisagras dudaran en revelar lo que aguardaba dentro de aquella silenciosa casa en Denver.
Y lo que vio no se parecía en nada a lo que había imaginado durante aquellas largas noches de insomnio llenas de miedo e interrogantes.
La sala de estar estaba completamente vacía, desprovista de todo rastro de la vida que alguna vez compartieron.
No había sofá donde solían sentarse después de cenar, ni mesa cubierta de dibujos y facturas, ni fotos que demostraran que alguna vez fueron una familia.
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