Rodrigo Valdez siempre había confundido el control con el amor.
No era un hombre cruel en el sentido fácil de la palabra.
No gritaba por placer ni levantaba la mano ni abandonaba sus responsabilidades.
Al contrario: pagaba, organizaba, supervisaba, resolvía.
Después de convertir a Valdez Infraestructura en uno de los consorcios más poderosos del occidente de México, había aprendido a creer que cualquier problema podía contenerse si se diseñaba el sistema correcto.
Cuando el Alzheimer comenzó a devorar la memoria de su madre, hizo lo mismo que hacía con una crisis financiera o con una obra al borde del colapso: levantó un muro de protocolos a su alrededor.
Contrató especialistas, cerró agendas, blindó puertas, ordenó medicinas, menús, horarios, reportes.
Convirtió la enfermedad de Inés en una operación impecable.
La mansión de Guadalajara parecía un hospital de lujo disfrazado de residencia.
Había difusores sin aroma, superficies pulidas, cortinas casi siempre cerradas para evitar sobresaltos visuales, y televisores encendidos con el volumen bajo en canales de noticias que nadie veía.
Todo estaba diseñado para prevenir incidentes.
Todo, excepto una cosa: la vida.
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