PARTE 1
Apenas 3 días después de que sus tarjetas de crédito de platino fueran bloqueadas en pleno viaje por Europa, la familia Echeverría regresó antes de tiempo. No entraron a la mansión de Lomas de Chapultepec con la cabeza gacha ni como viajeros cansados. Entraron haciendo el mismo escándalo de siempre, arrastrando maletas de diseñador por el piso de mármol y quejándose del mundo, convencidos de que el universo entero estaba en deuda con su ilustre apellido.
Doña Patricia fue la primera en cruzar la imponente puerta principal. Envuelta en un abrigo color crema que costaba más de lo que ganaba un trabajador promedio en 5 años, mantenía los labios apretados y la barbilla apuntando al techo. Detrás de ella venía Ximena, su hija menor, con unos lentes oscuros gigantes puestos a pesar de que ya pasaban de las 8 de la noche, tecleando furiosamente en su celular. Cerrando la marcha estaba Mauricio, jalando 2 inmensas maletas mientras le gritaba a un ejecutivo del banco por teléfono, exigiendo explicaciones con ese tono que mezclaba la furia con la más pura soberbia de un junior mexicano.
Lo que no esperaban era la escena que los aguardaba en la sala principal.
Valentina estaba sentada en su sillón favorito de terciopelo, sosteniendo una taza de café de olla humeante. A su derecha se encontraba la Licenciada Verónica, una abogada implacable de traje sastre oscuro, con un grueso portafolio sobre las rodillas. Del otro lado aguardaba un notario público con el rostro inexpresivo. Y de pie, junto al ventanal que daba al jardín, el contador forense del corporativo de Valentina los observaba en absoluto silencio.
La sorpresa descolocó a la familia por 1 segundo. Luego, la indignación clasista de Doña Patricia tomó el control.
—¿Qué significa este circo? —espetó la suegra, arrojando su bolso sobre un sillón como si fuera la dueña absoluta del oxígeno del lugar—. ¿Qué hace toda esta gente en mi casa?
Valentina le dio un sorbo a su taza, sin perder la elegancia ni alterar el pulso.
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