El sol comenzaba a ocultarse detrás de los muros de piedra de la majestuosa hacienda en Jalisco. El ambiente estaba lleno de magia, con el papel picado ondeando suavemente con la brisa de la tarde y el inconfundible sonido del mariachi tocando de fondo. Para cualquier espectador, aquella era la boda perfecta, el evento social del año. Mateo, un hombre viudo que había pasado los últimos 4 años intentando reconstruir su vida, miraba a sus 250 invitados disfrutando del banquete de mole y tequila. Todo parecía un sueño, pero había un vacío que le oprimía el pecho: su pequeña hija, Sofía, de apenas 8 años, no estaba por ningún lado.
Mateo frunció el ceño. Recordó vagamente la mañana, cuando su prometida, Valeria, corría de un lado a otro dando órdenes a los meseros, visiblemente alterada por el estrés de que las flores no fueran del tono exacto que ella había pedido. En ese caos, Valeria le había dicho que Sofía estaría jugando con las hijas de sus primas. Pero habían pasado ya 2 horas desde la ceremonia religiosa y la niña no aparecía. Con el corazón latiendo a prisa por un mal presentimiento, Mateo se levantó de la mesa principal, ignorando la mirada de molestia de Valeria, y comenzó a caminar por los inmensos pasillos de la hacienda.
Revisó los jardines, el patio central y las habitaciones de descanso. Nada. El ruido de la fiesta se iba desvaneciendo a medida que se adentraba en el ala de servicio, un área alejada y oscura. De repente, escuchó un leve sonido. Un llanto ahogado. Venía del último baño al final del pasillo.
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