El millonario más rígido encontró a la limpiadora durmiendo en su silla… y lo que hizo la dejó…
La puerta de la oficina estaba entreabierta cuando Santiago Herrera llegó al piso treinta y dos de Herrera Inmobiliaria.
Eran las cinco y veinte de la mañana, la hora en la que la Ciudad de México todavía bostezaba entre neblina, motores lejanos y primeros vendedores de tamales en las esquinas. Santiago siempre llegaba antes que todos. Le gustaba el silencio absoluto del edificio, el control perfecto, la sensación de que por unas horas el mundo obedecía su ritmo y no el de los demás.
Empujó la puerta con fastidio, dispuesto a cerrar él mismo aquella falta de disciplina.
Y entonces la vio.
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