Pasé 18 meses siendo un apoyo para mi novia y me sugirió: “Seamos solo amigos”. Le respondí: “Genial”. Y nunca más la volví a llamar.

Pasé 18 meses siendo un apoyo para mi novia y me sugirió: “Seamos solo amigos”. Le respondí: “Genial”. Y nunca más la volví a llamar.

Durante dieciocho meses yo había sido el soporte invisible de Valeria. El hombre que escuchaba durante horas sus dramas de oficina. El que cargaba sus compras, arreglaba su módem, armaba muebles, la acompañaba a eventos de trabajo para que no se sintiera sola, recordaba los cumpleaños de su familia, calmaba sus crisis, celebraba sus éxitos y absorbía sus malos días. Poco a poco, sin darme cuenta, mi amor se había convertido en servicio.

Ella llevaba meses soltando la relación por dentro mientras yo seguía sosteniéndola con ambas manos.

A la mañana siguiente, a las ocho, me llegó su mensaje habitual:

“¿Dormiste bien?”

Antes, yo le habría respondido en dos minutos, con un corazón y una pregunta sobre su café de la mañana. Esa vez dejé el celular boca abajo y me fui al gimnasio. Trabajé todo el día. Fui a una junta, cerré una propuesta, comí con mi equipo. Recién a las seis de la tarde contesté:

“Sí, gracias. Espero que tú también hayas tenido un buen día.”

Sin corazón. Sin pregunta. Sin hilo para seguir.

Esa misma noche me llamó.

—Te siento raro —dijo en cuanto contesté.

Me apoyé en la silla de mi departamento y sonreí sin humor.

—No estoy raro, Vale. Solo estoy ocupado. Acabo de llegar del gym y al rato salgo.

Hubo un silencio extraño al otro lado.

—Antes me avisabas cuando llegabas a casa.

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