La miré a los ojos, sentí una claridad casi fría acomodarse dentro de mí, y le respondí:
—Perfecto.
Valeria parpadeó.
Solo eso bastó para descolocarla. Fue un parpadeo breve, casi imperceptible, pero yo lo vi. Después sonrió, aliviada, y se lanzó a un discurso sobre lo maduros que éramos, sobre cómo nada tenía que cambiar realmente, sobre cómo seguiríamos siendo personas muy importantes el uno para el otro.
Yo no la interrumpí. Pagué mi café, le deseé suerte con su semana y salí a la calle.
Pero mientras caminaba hacia el estacionamiento, dentro de mí se estaba firmando otro contrato.
Me llamo Mateo. Tengo veintiocho años y trabajo en marketing digital para una firma en Santa Fe. Siempre he sido un hombre de sistemas. Me gustan las reglas claras, los procesos y los límites bien definidos. Y mientras bajaba por la avenida, entendí algo con una nitidez brutal: cuando Valeria cambió los términos de nuestra relación, perdió el acceso premium a mi vida.
A partir de ese momento, tendría la versión básica.
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